EL CRISTO DEL CONSUELO. FERVOR Y DEVOCIÓN



     En el año de 1.633, se instaló en Cazorla un noble matrimonio burgalés, formado por D. Íñigo Fernández de Angulo, Caballero del Hábito de Santiago y Alguacil Mayor perpetuo de la villa de Cazorla, y su esposa Dª Francisca-Antonia de Sandoval y de la Tovilla; padres que fueron de cuatro hijos, nacidos en nuestro pueblo, entre los que conviene destacar al mayorazgo, D. Íñígo-Rodulfo Fernández de Angulo, marqués de Hinojares, y el Ilmo. D. Fray Diego Fernández de Angulo, que llegó a ser Arzobispo de Caller, Primado y Virrey de Cerdeña, su Capitán General en propiedad y Obispo de Ávila.

     Esta ilustre familia, como era costumbre en la época, adquirió para su sepultura la capilla de San Cristóbal de la Parroquia Mayor de Sta. María de Gracia de Cazorla, dotándola espléndidamente de todo lo necesario para el culto. Presidiendo el altar, colocaron un lienzo de grandes dimensiones, representando una piadosa imagen de Cristo muerto en la Cruz con dos orantes a sus pies que, según todos los indicios, son el ya mencionado marqués de Hinojares y su esposa, Dª Francisca-Juana de la Tovilla Escós y Godoy. Este Cristo, al que titularon "del Consuelo", dió nuevo nombre a la capilla, y, muy pronto, vendría a centralizar la devoción de todos los cazorleños.



EL DILUVIO de 1694
                                                        

     El día 2 de junio de 1.694, una horrorosa tormenta descargó sobre Cazorla y, en poco más de una hora, la dejó asolada. El aluvión arrastró enormes peñascos, que obstruyeron el ojo de la bóveda sobre la que se asienta la iglesia y la Plaza Mayor, y sirve de puente al cauce del río Cerezuelo. Las aguas hicieron presa y, reventando los muros de la sacristía, inundaron el templo, tomando altura a un nivel insospechado y destruyéndolo todo. Nos dice Baltasar del Castillo, cronista de la tragedia que sólo la plata perdida valía más de diez mil ducados; cincuenta sacerdotes seculares quedaron sin ornamentos y las imágenes se encontraron destrozadas, la más cercana a una legua de distancia. "Solo quedó la de Ntra. Sra. de Gracia y el Santo Cristo del Consuelo, que se sacó al otro día mojado hasta la mitad y herido de las piedras". Hubo sesenta y siete muertos y no quedó en el pueblo casa habitable. El hecho de que el Señor del Consuelo se hubiese librado de las aguas, se consideró milagroso, y los cazorleños, afligidos por tantos males, comenzaron a acudir a Él y, a sus plantas, encontraban la fuerza necesaria para continuar luchando y el "consuelo" que tanto ansiaban y nadie les podía dar.
     La devoción al milagroso Cristo fue creciendo de día en día y, a comienzos del Siglo XVIII, se introdujo la costumbre de imponer a los niños en su bautismo el nombre de Consuelo, práctica que ha llegado hasta nuestros días, si bien, ya rara vez como primer nombre. 


FIESTAS POPULARES
                                                        

     El fervor del pueblo transcendió los límites del templo y el día de la Exaltación de la Santa Cruz no sólo se celebraba con gran aparato litúrgico, sino que también en la calle tenían lugar toda suerte de regocijos de tipo profano.
     La víspera de la fiesta, se encendían grandes luminarias al filo de la Peña de los Halcones y en las calles del pueblo; en el "Tiraor”, se quemaban vistosas ruedas de fuegos artificiales; y, a ejemplo de las cofradías del Santísimo Sacramento y de la Virgen del Rosario, comenzaron a correr toros en la Plaza Mayor, a veces, no sin cierta oposición, pues la Iglesia no veía con buenos ojos este tipo de espectáculos y el Sínodo de Toledo los tenía prohibidos, por lo que, generalmente, se reducían a capeas, "sin toro de muerte ni enmaromado ".
     En la tarde del día 8 de septiembre de cada año, haciéndolo coincidir con el paso de los devotos que, cargados de estadales, regresaban de las romerías de Ntra. Sra. de Tíscar y de Montesión, se colocaba "el madero" a la entrada del camino de San Isicio, rito simbólico con el que se daba comienzo a la construcción del improvisado coso taurino, tapando las bocacalles de la Plaza de Sta. María y cerrando el "anillo" con empalizadas. Había música y se vendían churros, garbanzos "tostaos ", arropía y otras golosinas. El número de corridas se anunciaba con otros tantos cohetes, a los que los vecinos estaban atentos desde todos los rincones del pueblo.

     La entrada al festejo solía ser gratuita; no así el acceso a los amplios balcones con tejadillo y complicados barandales de madera torneada, que eran alquilados por sus dueños. Pero, ante la insuficiencia de la plaza, donde se instalaba el verdadero tendido era peña arriba, en el "Carril" y, sobre todo, en el "Tiraor" y el "Peñón Rodao', que cobraban nueva vida con la abigarrada mezcla de colores de los diversos vestidos.

     Durante la corrida se producían toda serie de incidentes, aunque nunca graves, desde hundirse el tablado donde se acomodaban los músicos, hasta tomar un buen baño toros y toreros, en el pilar de la "Fuente de la Cadena".
     El día 17 de septiembre de 1.808, se lidiaron toros de la ganadería del Señor del Consuelo. D. José de Hornos y Godoy se desplazó desde La Iruela, acompañado de su esposa, Dña. Magdalena de Heredia, que se encontraba encinta y, por cierto, en periodo muy avanzado. Hacia la mitad de la corrida, cuando la fiesta alcanzaba su máximo esplendor, a Dña. Magdalena le sobrevino el momento del parto. El azaramiento fue grande, familiares y amigos se apiñaron en torno a la parturienta. La atribulada señora musitó una oración "Señor del Consuelo, socórreme”; no hizo falta más, el alumbramiento fue feliz, una hermosa niña.

     La noticia cundió como reguero de pólvora; el pueblo entero a los acordes de la banda de música, se organizó en procesión hasta la iglesia, en donde la niña recibió las aguas del bautismo se le impusieron los nombres de Francisca del Consuelo Carlota. Luego D. José de Cuenca, cura teniente de la Parroquia Mayor de Sta. María de Gracia, procedió a la inscripción del bautismo en los libros sacramentales y, al verificar la naturaleza y vecindad de los padres, con escuetas, pero precisas palabras, de su puño y letra, dejó constancia del acontecimiento: "Pero la niña nació en la Plaza maior de esta Vilha, con motivo de haver venido sus padres a divertirse a los toros". 


LA INVASIÓN FRANCESA

                                                    

     El año de 1.810 fue funesto para Cazorla y su comarca, pero los cazorleños supieron defender a su Patria frente al invasor francés y a muchos les cupo la gloria de morir por ella.
     Serían como las seis de la mañana del día 30 de marzo cuando "a tambor batiente entraron las milicias imperiales en Cazorla, tomando sus entradas y salidas con grandes guardias avanzadas y centinelas en las esquinas”. Eran mil infantes y doscientos de a caballo. El comandante francés, por todo saludo, acusó al pueblo y a sus autoridades de "haver acogido tropas españolas y haver convocado el Corregidor a sus vecinos para el alistamiento de partidas... que salieron a ayudar y a fomentar la revolución”. La superioridad francesa había considerado estos actos como traición y multaba a la villa de Cazorla "en la cantidad de quatrocientos mil reales, que habían de hacer efectivos inmediatamente; de lo contrario 105 vecinos serían sometidos a las más rigorosas represalias, que sufrirían en sus personas y haciendas”.
     Este fue el prólogo de una epopeya, que se escribiría con la sangre generosa de los hijos de Cazorla.
A lo largo de dos años, el yugo y las exigencias del invasor pesaron sobre nuestro pueblo, que tuvo que soportar veintidós cruentas incursiones, catorce recios ataques y dieciséis saqueos, en los que la población quedaba a la voluntad de los soldados y las mujeres, aun las más sagradas, expuestas al deshonor.
     Pero no solo esto, cinco voraces incendios redujeron al pueblo a cenizas: los cinco conventos, el "Santo Hospital”, la mayoría de las ermitas y la parroquia de Sta. María, el más hermoso templo del Adelantamiento, fueron abrasados. Cuando se extinguió el fuego, los vecinos bajaron de los montes, se acercaron con dolor a contemplar las ruinas de su iglesia, y vieron con ojos atónitos que el Cristo del Consuelo emergía de entre las pavesas, majestuoso, sin haber sufrido daño, con los brazos abiertos, en actitud de abrazar a sus hijos.
     Para conocimiento de las futuras generaciones, el prodigio quedó reflejado en las Actas Capitulares de la siguiente manera: "es ynegable que dicho Señor ha manifestado su grandeza con haverse devorado toda la Yglesia con el título de Sta. María, donde se venera el Señor del Consuelo, y fue el caso que aun no tan sólo no se yncendió su Capilla, sino es que la puerta de ella no percibió hum, teniéndose por milagro patente ".

     En la noche del 24 de marzo de 1.812, se levantó de Cazorla la guarnición francesa. El ayuntamiento y sus alcaldes quedaron libres para ejercer la potestad de jurisdicción y gobierno que les correspondía.
     El día 18 de septiembre, entraron en Jaén las tropas españolas, al mando del teniente coronel, D. Antonio Mª Porta. La esperanza renació en los corazones; pero pronto se vio empañada por otra noticia: Los franceses, en retirada, pasarían por el término de Cazorla. El pueblo atribulado acudió al Cristo del Consuelo, ofreciéndole votos y prometiendo "dedicarle funciones en acción de gracias, si lo liberaba de la ynbasión que se temía ". El día 19 pasaron por la aldea de Peal de Becerro más de nueve mil franceses, últimos que quedaban, procedentes de Jaén, y el 20 estuvieron en Quesada; pero se marcharon sin ocasionar la menor extorsión ni exigir raciones, como era fama que hacían por donde pasaban.
     En acción de gracias por este nuevo favor y por verse liberados definitivamente del yugo extranjero, los señores del Concejo ordenaron tres días de fiestas religiosas y profanas, que incluían misa solmene con ''Te Deum" y procesión general. Hubo luminarias en las calles, música, corridas de toros y otros regocijos populares. 


DOS INTERROGANTES Y SUS POSIBLES RESPUESTAS

                                    
     El fervor de Cazorla por el Cristo del Consuelo alcanza su punto culminante después de la invasión francesa; pero es también entonces cuando se nos plantean dos incógnitas que, aun que no afectan a la esencia de la devoción, sí que dejan una cierta laguna en la historia de la misma. Nos referimos al traslado de templo y al cambio de iconografía; vamos a intentar dar una respuesta adecuada.
     No conocemos con precisión la fecha en que pasa el culto al Señor del Consuelo de la Parroquia de Sta. María de Gracia a la iglesia del convento de San Francisco. Cuando se nos pregunta sobre el particular, respondemos invariablemente que después del incendio provocado por los franceses, que destruyó el mayor de nuestros templos. Sabemos que, después del fuego, una reparación de emergencia, con vistas a una seria consolidación posterior, permitió que nuestra parroquia continuara abierta al culto hasta comienzos del 1.819, en que, fracasadas todas las diligencias llevadas a cabo en favor de su plena restauración, el clero local se vio obligado a abandonar el proyecto y, ante la ruina inminente, por mandato superior, se traslada la sede de la parroquia a la iglesia del Sr. San José de las MM. Agustinas.
    Si no tuviéramos otras noticias, podríamos pensar, lógicamente, que al quedar clausurada la iglesia de Sta. María, sus imágenes pasarían a los restantes templos locales y, con ellas, el Señor del Consuelo; sin embargo, no fue así, ya que, como luego veremos, el Cristo del Consuelo, al ser de propiedad privada, fue llevado a casa de sus dueños. Por otra parte, en los libros parroquiales de defunciones encontramos nuevas pistas por las que podemos deducir que, allá por el año de 1.815, se veneraba en San Francisco al Señor del Consuelo, así se desprende de varias testamentarías piadosas que ordenan mandas de misas en su altar. ¿Qué sentido tiene todo esto, cuando todavía en esa fecha está abierta al culto la parroquia en Santa María?
     Pudo suceder que, al incrementarse la devoción al Cristo del Consuelo, el pueblo considerase la imagen como suya e intentase entrometerse en el gobierno de la capilla, que, como hemos visto, era de patronato; cosa muy seria dentro de las formalidades de la época. Los Fernández de Angulo, naturalmente, celosos de su responsabilidad como patronos, al sentir conculcados sus derechos, opondrían resistencia a las pretensiones del pueblo y, este, sintiéndose agraviado, tomó una decisión de capital importancia: hacerse su propio Cristo, no copia del anterior, que pudiera continuar hablándoles de una familia particular, sino el Cristo de todos. Esto nos explicaría el cambio de iconografía tan radical, porque en nada se parecen los dos lienzos: El de los orantes, venerado en Sta. María, es un Cristo patético, literalmente colgado de la Cruz, con marcadas influencias de los cristos de Pacheco y Zurbarán. El de San Francisco, a imitación del de Velázquez, es un Cristo que reina desde la Cruz, está en ella como en un trono; y, mientras aquel tiene los pies superpuestos y sujetos por un sólo clavo, éste los tiene separados y fijos por dos clavos; el primero está sobre un fondo oscuro y tiene a sus pies al caballero y la dama, en actitud de orar; y nuestro Señor del Consuelo está sobre un cielo de densas nubes y con un pueblo a sus pies. Este es el Cristo que los cazorleños quisieron para sí, el que, sereno, con la majestad de Dios, en medio de las tempestades de la vida, consuela a su pueblo; orque todo esto es lo que está significado en nuestro cuadro.
     Entonces es posible que, durante un período de cuatro o cinco años, hasta que, en el 1.819, se clausuró definitivamente la Parroquia Mayor, hubiese dos cristos: el de la capilla de los Fernández de Angulo, que dio origen a la devoción, y el que se hizo el pueblo, que, quizá, no se veneró nunca en Sta. María, sino en San Francisco, pues no hay que descartar que, en medio de las tensiones entre el pueblo y los Fernández de Angulo, los frailes estuviesen instigando a una y otra parte, para llevar el agua a su molino.
     Efectuado el traslado de la sede parroquial a la iglesia de San José, el Cristo de los orantes, pasó desde su capilla de Sta. María a las casas principales de sus dueños, en la calle de La Herrería, y en ellas ha permanecido hasta nuestros días; circunstancia esta providencial, que evitó su destrucción en 1.936. 


LA COFRADÍA

                                                
     A finales del S. XVIII, ya hay indicios de un grupo de fieles organizados a manera de cofradía, que asume la responsabilidad de celebrar las fiestas en honor del Cristo del Consuelo, tanto religiosas como profanas; y, aunque se autodenominan "Hermandad", carecen de constituciones aprobadas por la jerarquía eclesiástica.

     Por las Actas Capitulares, tenemos noticia de que, en el mes de septiembre de 1.812, era mayordomo interino de esta cofradía Antonio Ruiz, quien solicita del Ayuntamiento autorización para correr toros en la Plaza Mayor y celebrar así la retirada de los franceses.
     Sin embargo, es en el 1.819 ya en la iglesia de San Francisco, cuando esta agrupación cobra nueva vida, como cofradía independiente, aunque todavía sin explícita aprobación del arzobispado de Toledo.
     Según parece, también por estos años, se introduce la costumbre de la novena de mayo, dando comienzo el día 3, en que se conmemora la fiesta de la Invención de la Sta. Cruz. En el 1.849, aparece el primer texto impreso que conocemos de este piadoso ejercicio, compuesto por un cofrade anónimo y enriquecido con ochenta días de indulgencia por D. Antonio Folgueras y Sión, arzobispo de Granada, ciudad donde fue editado, en la imprenta de D. Jerónimo Alonso. La novena va acompañada de unos "Gozos", que comprenden catorce estrofas para ser cantadas, en las que se pide la protección del Señor, se le dan gracias por los favores derramados sobre su pueblo y se evocan sus maravillas, al librarse del fuego de los franceses.
     En el año de 1.859, se confeccionan unos estatutos que, una vez sancionados por el Cardenal Alameda y Brea, según las leyes vigentes, se sometieron a la Aprobación Real. En la solicitud que con tal fin elevaba la cofradía a S.M., hay una cláusula que reza así: "Si esta Hermandad, Señora, pudiera contar entre los individuos que la compone, como Hermano Mayor de ella, a vuestro Excelso Hijo, el Príncipe Alfons,/ grande sería su satisfacción, porque educado por una madre tan bondadosa, tiene que ser un modelo de virtud y religiosidad".
     Isabel II tan amiga de cofradías y tradiciones populares, se sintió complacida, y dio respuesta favorable al nombramiento de Hermano Mayor para el Príncipe de Asturias, que apenas contaba dos años. Concedió el título de "Real" a la "Hermandad del Señor del Consuelo" y envió artísticamente bordados en plata, sobre damasco carmesí, los escudos de la monarquía española y de casa de Barbón, que la cofradía colocó como coronación sobre el cuadro del Cristo, proclamando así la distinción real.
     Es también en la segunda mitad del s. XIX, cuando, a petición de sus devotos, se realiza diversos grabados del Señor del Consuelo; y, aunque la leyenda que llevan al pie, los proclama “Verdadero Retrato”, bastante poco se parecen al original; los dibujos debieron hacerse de memoria, ya que todos varían entre si, y ninguno reproduce con exactitud la imagen del Cristo ni el fondo en que esta se enmarca.
     Estos grabados se estamparon tanto en seda como en papel y van orlados con distintas grecas, más o menos complicadas, unas veces doradas y otras en blanco y negro. Asimismo, en la parte inferior, aparece siempre la tabla de indulgencias concedidas por altos dignatarios eclesiásticos, prelados y cardenales, e, incluso por S.S. el Papa Pío IX, que el 16 de noviembre de 1.876, se dignó conceder una indulgencia de siete años y siete cuarentenas a quienes, devotamente, rezaren el Credo ante la venerada imagen del Cristo del Consuelo. 


LAS FIESTAS DE OTOÑO

     El 14 de septiembre, Exaltación de la Sta. Cruz, se inician las fiestas que, cada año, Cazorla dedica a su Cristo. Son tres días de solemnidades religiosas, a las que, luego, sigue la Feria. La "Entrada del Trigo” tradicional ofrenda de los campiñeses al Señor del Consuelo, en acción de gracias por la cosecha, constituye un pintoresco desfile que, si bien, ha ganado en vistosidad y colorido, ha perdido su genuino encanto primitivo y su casticismo, incorporando elementos extraños a nuestra cultura local. Ya no entran aquellas caballerías de antaño, primorosamente enjaezadas; y son escasas las parejas de jóvenes que lucen el típico atuendo serrano, dando preferencia al vestido de gitana y al traje campero, con lo que nuestra fiesta ha perdido identidad.
     En la noche del 16, víspera del "día del grande", tiene lugar la "vocación", fuegos de artificio: Fantástico espectáculo de luz y sonido, que, durante más de medio siglo, se vino celebrando en la vieja Plaza de Sta. María, marco excepcional en el que, mientras el colorido de las bengalas realzaba la magnificencia del templo en ruinas y la belleza del paisaje que lo rodea, el estruendo de la pólvora rememoraba los luctuosos acontecimientos de la invasión francesa y el voraz incendio que consumió la Parroquia Mayor, del que milagrosamente se salvó la imagen de nuestro Cristo.
     Últimamente, este espectáculo de fuegos artificiales se ha trasladado a la ladera de la ermita de San Isicio, para evitar que las fuertes explosiones de los morteros afecten negativamente a las ruinas de Sta. María, acelerando su ya avanzado deterioro. 


EL DÍA DEL SEÑOR: LA PROCESIÓN

     En la madrugada del 17 de septiembre, un peregrinar silencioso de hombres y mujeres recorre las calles por donde luego ha de pasar el Señor. Son gentes que han venido de lejos y tienen que regresar pronto a sus hogares; caminan descalzos, con velas encendidas en sus manos; los hombres llevan la cabeza descubierta y algunas mujeres, sostenidas por dos familiares, van de rodillas. Cuando las campanas anuncian la alborada, ya han cubierto anticipadamente la carrera de la procesión.
     A las once de la mañana, solemne fiesta religiosa concelebrada por todos los sacerdotes de la comarca, en la que tradicionalmente ocupa la Sagrada Cátedra un "predicador de campanillas". La Coral "Santísimo Cristo del Consuelo" interpreta la "1ª Pontificar” de Perossi; los acordes del órgano ascienden a las bóvedas del templo y un sagrado fervor lo invade todo y penetra en el corazón.

     Acabada la misa, se baja el Señor del retablo, para la procesión de la tarde. Son momentos de tensión emocional, que se viven en medio de un impresionante silencio. Cuando el Cuadro, sin aparente intervención de hombres, se coloca sólo en las andas, los fieles que llenan la iglesia, prorrumpen en enardecidos "vivas" y aplausos.
     La procesión constituye una multitudinaria manifestación de fe y de religiosidad popular. Las campanas, los cohetes, la música, anuncian que se acerca el momento... Cuando el Señor asoma a la puerta del templo, los ojos se arrasan en lágrimas y la voz se toma en la garganta... La calle de San Francisco es un hormiguero humano. En la "Placeta de D. Simón", hay un conato de organizarse en filas, que se mantiene a lo largo de la Herrería y Bajada de la Plaza. No ha salido el Señor de la iglesia, y la Cruz parroquial ya está en Sta. María.

     La procesión alcanza su momento culminante, en la Plaza Vieja, cuando llega el venerado lienzo a la altura de las ruinas de la Parroquia Mayor, viene a la memoria la letrilla de los "Gozos":

Aunque la tropa inhumana
vuestra parroquia abrasó,
ni a tu capilla ofendió,
ni a tu imagen soberana".

     El estruendo de la pólvora es ensordecedor. Las apiñadas casas del barrio del castillo parecen inclinarse para contemplar al Señor. El "Tiraor" y el "Peñón Rodao" se han vestido de gala y una exuberante gama de colores brilla a la luz de sol poniente.
     La salida de la plaza es angosta y dificulta el curso de la procesión, que se torna lento y no volverá a organizarse hasta llegar a la Herrería y calle de las Tiendas, cuyo tramo final se estrecha tanto, que es necesaria la pericia de los costaleros, para que el cuadro no roce las paredes, y han de lIevarlo a ras de tierra, para que no toque las repisas de los balcones. Es un alarde de equilibrio y de fuerza que el pueblo premia con aplausos y "vivas" al Señor.

     Al pasar ante el Ayuntamiento, la campana "gorda" del reloj, que otrora estuviera en Sta. María, parece entonar con su lengua de bronce aquella antífona latina que, a manera de orla, lleva grabada en su falda con caracteres góticos y que, vertida al castellano, reza así: "He aquí la Cruz del Señor, huid enemigos, ha vencido el león de la tribu de Judá, la raíz de David, aleluya". Y se asoma el Señor al "Pórtico" y contempla a sus hijos que, entusiasmados, le aclaman desde la Corredera.
     Continúa el cortejo su recorrido por las calles del Carmen, Mariano Foronda, Dr. Muñoz, y el Señor va recogiendo memoriales y aceptando las ofrendas de naturales y extraños: campanilIas de plata, exvotos de cera y hasta trenzas de pelo. Cada una de estas dádivas encierra la historia íntima de un favor recibido, de una dificultad superada, de un retorno deseado...

     Cuando el Cristo del Consuelo hace su entrada en la Corredera, ha caído la noche. Una confusa mezcla de sonidos quiere como enajenarnos: las campanas; la música; los cohetes, que ahora se derraman en lágrimas de mil colores; las voces de los feriantes que, desde los mil tenderetes colocados en torno a la plaza, ofrecen sus mercancías... pero en los corazones hay silencio, reflexión, diálogo con el Señor que pasa.

     Finalmente, retorna la procesión a San Francisco. Los jóvenes que llevan las andas, después de tantas horas de duro esfuerzo, más reflejan gozo en sus rostros que cansancio. La multitud se apiña en la iglesia; se oyen las últimas notas de la "Marcha Real”; tintinean alegres las campanillas que penden del cuadro; traspasa el Señor el umbral de la puerta, y se eleva un clamor: 

"Padre y Señor del Consuelo, mira a tu pueblo escogido, contrito y arrepentido, implorando tu favor”

     Él, con los brazos abiertos, les invita a acercarse, y sus hijos se llegan mudos de emoción, y hay una corriente de mutuo entendimiento, de corazón a corazón... y, al despedirse, besan sus sagrados pies, como signo de amor, y musitan la última plegaria: "Que volvamos a verte muchos años recorriendo las calles cazorleñas".
     Pero también la procesión ha perdido tipismo; quizá porque la religiosidad popular, como cualquier ente vivo, va despojándose de ritos ancestrales e incorporando nuevas formas, no siempre convenientes a la santidad de lo sagrado. El hecho es que ya no se colocan los niños deficientes, ciegos o tullidos, en las andas del Cristo; ni camina delante el cándido cortejo de amortajadas coronadas de flores contrahechas, con sus largas túnicas de raso blanco, ceñidas por un cordón pajizo y calzadas con sandalias de cintas entrecruzadas y suela de cartón; proclamando así las maravillas del Señor que, milagrosamente, les arrancó de las garras de la muerte. También se echan de ver las parejas de enamorados, él vestido de "quinto", y ella llevando en la mano una poblada trenza de su propio pelo, que ofreció al Señor, si su prometido regresaba con salud y vida de cumplir sus deberes para con la Patria. Tampoco los feriantes, al paso del cuadro, tiran golosinas y garbanzos "tostaos": sencillo homenaje que el Señor aceptaba y que los niños acomodados sobre las andas agradecían.